¿Y si el vecino tenía razón? La sociedad más conectada… y más sola
Hubo un tiempo en el que daba igual vivir en un pueblo de quinientos habitantes o en un bloque de quince plantas. Conocías al vecino del quinto, al del bajo y hasta a la señora que sacaba al perro a las siete de la mañana. Si pasaban dos días sin verte, alguien preguntaba: «¿Está todo bien?».
Hoy, en cambio, hay quien lleva tres años compartiendo ascensor con la misma persona y todavía no sabe ni cómo se llama. Eso sí, conocemos perfectamente qué ha desayunado un influencer australiano al que nunca veremos en persona.
Bienvenidos a la sociedad de la hiperconexión… donde cada vez hablamos menos entre nosotros.
Entre las redes sociales, las plataformas de streaming y la comunicación digital, hemos construido una comunidad que vive permanentemente conectada a Internet, pero cada vez más desconectada de quienes tiene a dos metros. Tanto es así que, cuando alguien nos escribe por WhatsApp, el primer pensamiento suele ser: «¿Qué querrá ahora?», en lugar de «A lo mejor se está preocupando por mí».

Y eso dice mucho de cómo hemos cambiado.
Hasta para cuidar de nuestra salud hemos modificado nuestros hábitos. Antes llamábamos al médico; ahora muchas personas prefieren preguntarle primero a una inteligencia artificial o buscar síntomas en Internet. Lo preocupante no es la tecnología, que puede ser muy útil, sino sustituir completamente el criterio profesional por la primera respuesta que aparece en una pantalla.
Con las relaciones personales ocurre algo parecido. Cada vez hay más jóvenes que encuentran en los algoritmos un sustituto de la amistad. Plataformas diseñadas para decirte exactamente lo que quieres escuchar, creando pequeñas burbujas donde siempre tenemos razón. El problema es que los amigos de verdad, esos que te dicen cuando te estás equivocando, no funcionan con inteligencia artificial.
Y si hablamos de relaciones afectivas o sexuales, tampoco nos libramos de las pantallas. El fenómeno del sexting, las aplicaciones para ligar o el éxito de plataformas como OnlyFans demuestran que buena parte de la intimidad también ha encontrado alojamiento en Internet.
Nuestros abuelos apenas tenían una fotografía en blanco y negro de cuando hicieron la mili. Nosotros tenemos cámaras en el bolsillo las veinticuatro horas del día.
Antes decían que la masturbación te dejaba ciego. Al final va a resultar que algo de razón tenían… pero porque nos estamos dejando la vista mirando una pantalla.
Lo que más me hizo pensar fue escuchar hace unos meses una frase que resume perfectamente nuestra época:
«Ojalá hubiera otro apagón para volver a salir a la calle y conectar con la gente.»
Resulta paradójico que necesitemos quedarnos sin electricidad para volver a hablarnos.
Durante situaciones tan duras como la DANA o el gran apagón eléctrico que afectó a buena parte de España y Portugal en 2025, muchos vecinos hicieron algo que parecía olvidado: bajar a preguntar si alguien necesitaba ayuda, compartir una linterna, cocinar para otros o simplemente conversar en la puerta del edificio mientras esperaban noticias.
Sin cobertura. Sin Wi-Fi. Sin filtros.
Solo personas ayudando a personas.
Quizá nunca hemos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca nos ha costado tanto llamar al timbre del vecino.
Porque la tecnología no es el problema. El problema empieza cuando conocemos mejor a un creador de contenido de otro continente que a quien vive al otro lado del rellano.
Y, quién sabe, quizá la próxima revolución no consista en inventar una nueva aplicación, sino en recuperar una costumbre mucho más sencilla.
Decir «buenos días» en el ascensor.
Aunque el vecino responda solo con un gruñido.
