De la casete del vecino al algoritmo del cuñado: ¿Qué fue de la canción del verano?

Antes, el verano no empezaba cuando lo decía El Tiempo. Empezaba cuando el vecino del tercero abría las ventanas, colocaba el radiocasete en el alféizar y ponía la misma canción diecisiete veces seguidas. A partir de ese momento, ya podías guardar la rebeca, sacar la piscina hinchable y asumir que aquel estribillo te acompañaría hasta septiembre.

La canción del verano era como la presidenta de la comunidad: no la elegías tú, pero estaba en todas partes y no había manera de librarse de ella.

En el año 2000, King África hizo explotar La Bomba. Sonaba en la radio, en las ferias, en las bodas y en el politono de aquel Nokia que tenía más volumen que cobertura. Un año después, Sonia y Selena querían bailar toda la noche. Y nosotros también, aunque al día siguiente hubiera que bajar a por el pan con unas ojeras que parecían dos balcones con toldo.

Después llegaron Aserejé, Papi Chulo, Dragostea Din Tei y la Gasolina de Daddy Yankee. Canciones que podían gustarte o no, pero que terminabas aprendiendo por agotamiento. Era como escuchar discutir a los vecinos a través de la pared: al principio intentabas no prestar atención y, al tercer día, ya sabías quién debía tres meses de alquiler y quién había escondido las llaves del coche.

Así funcionaba la música entonces. Había pocas emisoras, unos cuantos programas de televisión y el recopilatorio que comprabas en una gasolinera junto a una bolsa de hielo y dos paquetes de patatas. Si una canción entraba en aquel circuito, sonaba hasta que se derretía el asfalto.

Cuando todo el edificio cantaba lo mismo

Durante años, España tuvo una banda sonora común. Daba igual que estuvieras en Cádiz, Madrid, Benidorm o en una urbanización donde la piscina llevaba cerrada desde 1998 por culpa de una derrama. Todo el mundo conocía las mismas canciones.

En 2010 bailamos el Waka Waka aunque no supiéramos colocar bien los brazos. En 2011 quisimos subirnos a un yate imaginario con Danza Kuduro. Después llegaron Ai se eu te pego, Bailando, La Gozadera y Despacito, que duró tanto que a Luis Fonsi casi le da tiempo a empadronarse en nuestros oídos.

Aquellas canciones unían al país. Quizá no nos poníamos de acuerdo en política, en fútbol ni en quién debía limpiar el portal, pero sonaban cuatro notas y todos gritábamos el estribillo como si nos hubieran convocado a una junta extraordinaria.

El problema era que tampoco podías elegir demasiado. La radio decidía, la discoteca repetía y tú acababas cediendo. Si querías escuchar una canción concreta, tenías que esperar a que sonara, comprar el disco entero o grabarla en una cinta intentando que el locutor no hablara encima.

Siempre hablaba encima.

Tenías la canción perfecta, pero terminaba con una voz diciendo: «Y después de la publicidad, el tiempo». Eso también era parte de la música.

El artículo original recorría precisamente esa evolución: desde los grandes himnos compartidos de principios de siglo hasta la fragmentación que ya empezaba a sentirse en 2022.

Llegaron Spotify y la independencia musical

Entonces aparecieron YouTube, Spotify y las plataformas digitales. Por fin podíamos escuchar lo que nos diera la gana, cuando nos diera la gana y sin esperar a que el locutor dejara de contar su vida.

Fue una liberación.

Antes comprabas un disco con quince canciones porque te gustaba una. Era como tener que alquilar el edificio entero porque te había gustado el felpudo del segundo. Ahora puedes escuchar solamente el tema que quieres, saltarte el que te aburre y hacer una lista llamada «Temazos para fregar», aunque luego no friegues absolutamente nada.

El móvil sustituyó al radiocasete. Los auriculares sustituyeron a los altavoces. Y cada vecino comenzó a vivir en su propio verano musical.

La señora del primero escucha copla. El muchacho del segundo, reguetón. La pareja del tercero ha descubierto un grupo islandés que toca instrumentos fabricados con cubos de basura. Y el del ático sigue con Camela porque hay cosas que no necesitan evolución.

Ganamos libertad, pero perdimos parte de aquella experiencia compartida. Ya no había una sola canción sonando en todas las ventanas. Cada casa tenía su lista y cada persona, su algoritmo.

El nuevo presidente de la comunidad se llama algoritmo

Actualmente no elegimos toda la música que escuchamos. La aplicación nos conoce, nos observa y decide por nosotros.

Escuchas dos canciones tristes porque has tenido un mal día y Spotify concluye que quieres pasar el resto del mes mirando por la ventana mientras llueve. Pones una sevillana en abril y, de repente, el algoritmo cree que vives permanentemente en una caseta de feria.

El algoritmo es como la vecina que se asoma al rellano: sabe a qué hora llegas, qué escuchas, con quién discutes y que el martes pusiste una canción de Chayanne mientras limpiabas el baño. La diferencia es que la vecina guarda el secreto hasta que se encuentra con otra vecina. El algoritmo se lo cuenta inmediatamente a todas tus aplicaciones.

Y entonces apareció TikTok.

La canción del verano ahora dura quince segundos

Antes, para triunfar, una canción necesitaba una introducción, varias estrofas, un estribillo y, con suerte, un puente musical. Ahora puede bastar con quince segundos, una frase pegadiza y alguien señalando palabras que aparecen flotando en la pantalla.

Hay canciones que se hacen famosas enteras, pero también otras de las que solamente conocemos un trocito. Sabemos el baile, el gesto y el momento exacto en el que hay que girar la cámara, pero no tenemos ni idea de quién canta ni de qué trata la letra.

Es como conocer solamente al vecino cuando sale a tirar la basura: sabes que existe, reconoces su pijama, pero no podrías decir cómo se llama.

Además, las redes han convertido cualquier canción antigua en una posible novedad. Un tema puede llevar veinte años guardado en un cajón y resucitar porque alguien lo utiliza para enseñar cómo ha reformado la cocina. Los adolescentes creen que han descubierto una joya desconocida y sus padres llevan cantándola desde que se pagaba en pesetas.

Luego viene la conversación inevitable:

—Mamá, escucha esta canción nueva.
—Nueva dice. Si con esa canción conocí yo a tu padre.
—Pues podíais haber elegido otra.

En 2026 ya no hay una canción del verano: hay una reunión de vecinos

Llegamos a 2026 y seguimos preguntando cuál será la canción del verano, como si todavía fuera obligatorio coronar una sola. Pero ahora hay tantas candidatas como propietarios opinando sobre el color del ascensor.

Una triunfa en Spotify. Otra se vuelve viral en TikTok. Otra suena en las discotecas. Otra aparece en todos los vídeos de vacaciones. Y luego está esa canción que no figura en ninguna lista importante, pero que ponen cuatro veces cada noche en el bar de debajo de tu casa, por lo que para ti es indiscutiblemente la canción del verano.

No existe una ganadora clara porque tampoco vivimos ya el mismo verano. Cada generación, cada red social y cada grupo de amigos tiene su propia banda sonora.

Los jóvenes descubren canciones mediante vídeos de quince segundos. Los adultos consultan listas de reproducción. Los nostálgicos regresan a los éxitos de los años 2000. Y siempre hay un cuñado asegurando que la música buena terminó cuando dejaron de vender cintas.

La canción del verano se ha convertido en una junta de propietarios: hay demasiadas propuestas, nadie consigue mayoría y al final cada uno hace lo que quiere.

Y ahora también canta la inteligencia artificial

Por si no teníamos bastante con los algoritmos recomendándonos canciones, ahora la inteligencia artificial también puede participar en su creación.

Ya no solo tendremos que preguntar quién canta, sino si quien canta existe, si es una voz modificada o si el artista es un señor de Cuenca que ha creado una estrella internacional desde el ordenador de su dormitorio.

Dentro de poco escucharemos un temazo en el chiringuito y la conversación será:

—¿Quién canta esto?
—Nadie.
—Pues afina mejor que mi sobrino.

La tecnología puede ayudar a crear música, recuperar sonidos y ofrecer nuevas herramientas. Pero también abre un debate parecido al de las derramas: todo el mundo tiene una opinión, nadie se ha leído bien los papeles y la discusión puede durar hasta Navidad.

¿Hemos ganado o hemos perdido?

La música no es peor que antes. Hay más artistas, más estilos y más posibilidades de encontrar exactamente aquello que nos gusta. El problema es que cada uno escucha lo suyo con auriculares y hemos dejado de compartir parte de la banda sonora.

Antes nos imponían una canción, pero todos la recordábamos. Ahora tenemos libertad para escuchar miles, aunque muchas pasan por nuestra vida con la misma rapidez que el vecino nuevo que se muda sin presentarse.

Quizá dentro de veinte años nadie sepa decir cuál fue la canción del verano de 2026. Habrá demasiadas respuestas: una para TikTok, otra para Spotify, otra para las verbenas y otra para el señor del bar que todavía tiene puesta la misma recopilación desde 2004.

Pero algún día sonará una canción en una boda. Alguien dejará el plato de croquetas, levantará los brazos y gritará:

—¡Esta era la de aquel verano!

Entonces todos saldrán a bailar, incluso quienes juraban que la odiaban. Porque la verdadera canción del verano no es necesariamente la que más se escucha ni la que ocupa el número uno.

Es la que, años después, consigue que toda la comunidad abandone sus discusiones, salga al patio y cante el estribillo como si nunca hubiera existido una derrama pendiente.

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